lunes, 30 de mayo de 2011

Sumando coincidencias

La semana pasada publiqué la entrada "La propaganda montonera y sus raíces goebbelianas".

Hoy me encuentro que en el sitio Urgente 24 se publica el siguiente artículo:


Como se puede apreciar existe un principio de coincidencia entre los que observamos la realidad de lo que la dirigencia del actual gobierno argentino emplea como método propagandístico.

Homa Barbacana

viernes, 27 de mayo de 2011

La propaganda montonera en la Argentina y sus raices goebbelianas


Zannini y La Campora

  1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
  2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan".
  4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  5. Principio de la vulgarización. "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar".
  6. Principio de orquestación. "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas". De aquí viene también la famosa frase: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad".
  7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
  8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
  9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.

lunes, 23 de mayo de 2011

¿Por que la Blackberry se llama así?


  

Le pusieron así porque cuando había esclavitud en los Estados Unidos, a los esclavos nuevos se les ataba una bola negra de hierro, algo irregular, no era una bola perfecta. Tenían una cadena y un grillete sujeto al pie, para que no escaparan corriendo de los campos de algodón. Los amos, para usar un eufemismo (palabra políticamente más correcta, que suena más bonito), le llamaban "BlackBerry" (cereza negra) porque se asemejaba a dicha fruta. Ese era el símbolo antiguo de esclavitud que implicaba que estaría forzado a dejar su vida hasta perecer sin poder escapar en esos campos de siembra. 

En los tiempos modernos, a los nuevos empleados no se les puede amarrar una bola de hierro para que no escapen, en cambio, se les da un "BlackBerry" y quedan inalámbricamente atados con ese grillete que, al igual que los esclavos, no pueden dejar de lado y que los tiene ligados al trabajo todo el tiempo. Es el símbolo moderno de la esclavitud.

Yo tengo uno, al igual que todos los demás gerentes y directores y basta ver como están pegados a la dichosa maquinita todo el tiempo, como adicción; en el baño, en el auto, en el cine, en la cena, al dormirse y no hay forma de escapar cuando llama el jefe o cuando te mandan correos. No hay manera de decir que no te llegó, o que no lo escuchaste porque este teléfono chismoso te avisa si llamaron y no contestaste, si tenés mensajes por leer, si los leíste y si los demás abrieron tus correos, te marca citas, horarios, te despierta, se apaga solo, se prende solo, y te permite estar idiotizado horas en la internet, mientras tu esposa, esposo, novia o novio y tus hijos y familia te reclaman porque no les prestás la atención debida. Y ahí los ves, modernos ejecutivos que se sienten muy importantes porque "el jefe" les dio su "BlackBerry" para que no escapen de los campos de trabajo.

No habrían podido pensar un nombre mejor, ¿no es cierto?

martes, 17 de mayo de 2011

Homenaje a un gran sanjuanino





Jorge Leonidas Escudero


Jorge Leonidas Escudero nació en 1920 en la provincia de San Juan, donde reside. Comenzó a publicar recién a los cincuenta años. Poemas suyos y referencias a su obra aparecen en diarios y revistas del país y del exterior. Obtuvo Premios y Distinciones de diversas entidades culturales nacionales e internacionales. La Fundación Argentina para la Poesía lo destacó como Miembro de Honor por la Provincia de San Juan y la Municipalidad de la Ciudad de San Juan, lo distinguió por su trayectoria cultural. El Honorable Senado de la Nación le otorgó el Diploma de Honor. La Universidad Nacional de San Juan le otorgó en 2006 el título de Doctor Honoris Causa.Publicó los siguientes libros: La raíz en la roca (1970) ; Le dije y me dijo (1978); Piedra sensible (1984); Los grandes jugadores (1987); Basamento cristalino (1989) ; La raíz en la roca (Antología editada en México) y Umbral de salida (1990); Elucidario (1992) ; 1993: Jugado (1993) ; Aires de cordillera (Álbum de catorce composiciones de proyección folklórica cuyana, con música de José Luis Aguado Castro, 1994); Cantos del acechante (1995); Viaje a ir (1996); Caballazo a la sombra (1998); Dibujos-poemas (23 dibujos de Malena Peralta y sendos poemas del autor. Edición especial de la Universidad Nacional de San Juan, 1999); Aguaiten (2000); Senderear (2001) y Le dijo y me dijo (Antología editada en México por Ediciones Azafrán y Cinabrio, 2006). En Ediciones en Danza publicó: A otro hablar (Antología , 2001): Verlas venir (2002); Andanzas mineras (72 poemas relativos a la minería extraídos de sus obras anteriores) y Endeveras (2004) ; Divisadero (2005) y Tras la llave (2006).


EL AQUÍ Y EL ALLÁ

Calles donde la gente deshoja,
en busca de frutos imaginarios,
el árbol de la vida.

Que pasado mañana mejorarán las cosas,
que ahora falta todavía un poco
mientras el nunca
acecha bajo cada baldosa.

E encima de las palabras
anida una esperanza muda cansada de esperar.

Los transeúntes caminamos
uno al lado del otro sin considerar
que vaya cada uno a donde crea ir,
unos antes y otros después todos
vamos hacia el mismo sitio.

Pero a la corta, ya,
ante si alguien pisa una baldosa floja
y al caer se lastima cabe decir
hay que fijarse bien por donde se camina.
Hay que cuidarse para no morir, pero
¿aunque todos vamos hacia el mismo allá?


FLORES

Debo decir aquí tiene el ciruelo
pocas flores y pienso
es para los frutales un mal año, pero
el damasco va a más y el limonero
apunta a bonito.

La parra extiende pámpanos airosos
mientras el pomelo
anda viendo abundar.

Dejo la manguera y camino,
reflexiono: ¿Qué clase de frutos
podría dar mi vida hoy?

Ansioso pienso yo tendría
que empezar por regarme a mí mismo
con pensamientos exquisitos a ver
si florezco ídem.

Ando así por las nubes cuando
cabizbajamente pongo pies en la tierra,
vuelvo al riego y pienso realmente
para mí ya no hay flores,
como no sea allá
donde las ponen los parientes.

viernes, 13 de mayo de 2011

Para fanas de Les Luthiers


Recomiendo visitar el sitio de estos genios musicantes, que figura en mi blogroll.

Homa Barbacana


viernes, 6 de mayo de 2011

Como cambian los tatuajes con la edad

Opino que los tatuajes se originaron en un deseo de identificación rápida del cadáver de aquellas personas cuyas actividades ponían permanentemente en riesgo sus vidas. Como se explica en este artículo su uso se ha difundido por razones ajenas a ese paradigma, aunque la inseguridad reinante en muchas sociedades hacen que como medio idóneo de identificación sea sumamente útil.

Homa Barbacana


(NC&T/SINC) Quien decide tatuarse piensa que llevará una marca inalterable sobre la piel, pero en realidad las tintas se dispersarán con el tiempo y el dibujo original se acabará alterando. Ahora, el profesor Ian Eames, del University College de Londres, ha creado un modelo matemático que permite, por primera vez, simular los cambios que sufre un tatuaje a través de los años.
"El tipo de piel, la edad, el tamaño del tatuaje, la exposición al sol y el tipo de tinta utilizado son los factores que determinan la forma en que el tatuaje se distorsionará con el tiempo", declara Eames.

Durante el proceso de tatuado se insertan partículas insolubles en la dermis, la capa que se encuentra inmediatamente debajo de la más externa, la epidermis. Las tintas utilizadas provienen en muchos casos de metales pesados, como mercurio, plomo, cadmio, níquel, cinc y hierro, y están compuestas por una suspensión de partículas insolubles en agua.
Cuando el tatuador pincha la dermis con agujas para aplicar la tinta -una sustancia 'extraña'-, el organismo genera una respuesta inmune que hace que los glóbulos blancos acudan a limpiarla. En este proceso se eliminan del cuerpo algunas de las partículas de la tinta; pero otras permanecen y quedan atrapadas en el tejido conjuntivo del organismo, formando parte del tatuaje. En el plazo de un mes, el nexo entre la epidermis y la dermis se habrá reformado y el dibujo quedará fijado para siempre en el cuerpo. Sin embargo, no siempre conservará su aspecto original, ya que, con el paso del tiempo, las células que contienen la tinta mueren, se dividen o se desprenden del organismo, en un proceso inevitable que acabará alterando el dibujo. Eames ha creado el primer modelo teórico que integra los datos del movimiento de las partículas colorantes en las células cutáneas y que pronostica su evolución a largo plazo.
"Mi investigación proporciona un marco matemático que nos permite predecir cómo se moverán en la piel las partículas de tinta en un periodo de 20 años. Esto ayudará a sentar las bases para evaluar las implicaciones de los tatuajes en la salud. También servirá para que las personas que decidan tatuarse se hagan una idea de cómo se verá su dibujo al cabo de los años".
Según los modelos matemáticos, los tatuajes de mayor tamaño y líneas más gruesas envejecen mejor que aquellos que son más pequeños y detallados, puesto que las líneas finas acaban desvaneciéndose antes -en unos diez años-.
En algunas culturas -por ejemplo, en la polinesia-, los tatuajes son muy comunes, mientras que en otras se han convertido en seña de pertenencia a grupos tan diversos como militares, marinos, mafiosos, pandilleros o presidiarios. Sin embargo, en la actualidad, su uso se ha generalizado.
Se estima que el 36% de los adolescentes estadounidenses de entre 18 y 25 años y hasta un 40% de los que tienen entre 26 y 40 años tienen alguna parte de su cuerpo marcada con tinta. También resulta común ver tatuajes en la piel de personajes famosos, como es el caso de Angelina Jolie, David Beckham o, incluso, la primera dama británica, Samantha Cameron.
Fue precisamente el recuerdo de un tatuaje familiar lo que llevó a Eames a otorgar una perspectiva científica a su interés personal.
"Mi abuelo se alistó en la Marina cuando tenía 17 años y gastó el sueldo de su primera semana de trabajo en un tatuaje del que estaba tremendamente orgulloso. Sin embargo, a lo largo de su vida, se fue viendo borroso. Me interesó comprender cómo y por qué el tatuaje cambiaba con el tiempo, especialmente ahora, ya que hay mucha gente que se tatúa. Los tatuajes también dan respuesta a interesantes cuestiones científicas", explica Eames.

Para este profesor de mecánica de fluidos los tatuajes están muy relacionados con la disciplina de la que es experto: "Las partículas de la tinta son insolubles y no se disuelven, sino que se dispersan. El modelo técnico que he aplicado en este caso es común en, por ejemplo, el estudio de cómo las partículas se propagan en el entorno de un hospital o las turbulencias que esparcen un contaminante en el mar o en el aire".


viernes, 29 de abril de 2011

Monty Python's "Romans go home"



[Brian is writing graffiti on the palace wall. The Centurion catches him in the act] 
Centurion: What's this, then? "Romanes eunt domus"? People called Romanes, they go, the house? 
Brian: It says, "Romans go home. " 
Centurion: No it doesn't ! What's the latin for "Roman"? Come on, come on ! 
Brian: Er, "Romanus" ! 
Centurion: Vocative plural of "Romanus" is? 
Brian: Er, er, "Romani" ! 
Centurion: [Writes "Romani" over Brian's graffiti] "Eunt"? What is "eunt"? Conjugate the verb, "to go" ! 
Brian: Er, "Ire". Er, "eo", "is", "it", "imus", "itis", "eunt". 
Centurion: So, "eunt" is...? 
Brian: Third person plural present indicative, "they go". 
Centurion: But, "Romans, go home" is an order. So you must use...? 
[He twists Brian's ear] 
Brian: Aaagh ! The imperative ! 
Centurion: Which is...? 
Brian: Aaaagh ! Er, er, "i" ! 
Centurion: How many Romans? 
Brian: Aaaaagh ! Plural, plural, er, "ite" ! 
Centurion: [Writes "ite"] "Domus"? Nominative? "Go home" is motion towards, isn't it? 
Brian: Dative ! 
[the Centurion holds a sword to his throat] 
Brian: Aaagh ! Not the dative, not the dative ! Er, er, accusative, "Domum" ! 
Centurion: But "Domus" takes the locative, which is...? 
Brian: Er, "Domum" ! 
Centurion: [Writes "Domum"] Understand? Now, write it out a hundred times. 
Brian: Yes sir. Thank you, sir. Hail Caesar, sir. 
Centurion: Hail Caesar ! And if it's not done by sunrise, I'll cut your balls off.




lunes, 18 de abril de 2011

Para fanas de Twin Peaks

Recomiendo visitar este link

http://www.cinefantastico.com/articulo.php?id=11

Abajo he incluido un video de la introduccion a Twin Peaks

Homa Barbacana

Jitanjafora chauceriana

Truth

Fle fro the pres, and dwelle with sothefastnesse,
Suffise thin owen thing, thei it be smal;
For hord hath hate, and clymbyng tykelnesse,
Prees hath envye, and wele blent overal.
Savour no more thanne the byhove schal;
Reule weel thiself, that other folk canst reede;
And trouthe schal delyvere, it is no drede.

Tempest the nought al croked to redresse,
In trust of hire that tourneth as a bal.
Myche wele stant in litel besynesse;
Bywar therfore to spurne ayeyns an al;
Stryve not as doth the crokke with the wal.
Daunte thiself, that dauntest otheres dede;
And trouthe shal delyvere, it is no drede.

That the is sent, receyve in buxumnesse;
The wrestlyng for the worlde axeth a fal.
Here is non home, here nys but wyldernesse.
Forth, pylgryme, forth! forth, beste, out of thi stal!
Know thi contré! loke up! thonk God of al!
Hold the heye weye, and lat thi gost the lede;
And trouthe shal delyvere, it is no drede.

[L'envoy.]
Therfore, thou Vache, leve thine olde wrechednesse;
Unto the world leve now to be thral.
Crie hym mercy, that of hys hie godnesse
Made the of nought, and in espec{.i}al
Draw unto hym, and pray in general
For the, and eke for other, hevenelyche mede;
And trouthe schal delyvere, it is no drede.

Geoffrey Chaucer

lunes, 28 de marzo de 2011

Desiderata



Anda placidamente entre el ruido y la prisa,
y recuerda la paz que puede haber en el silencio.



Tanto como sea posible, sin rendirte,
cultiva la armonía con todos los seres.
Habla de tu verdad tranquilo y claramente;
y escucha a los demás,
aun al torpe y al ignorante
porque ellos también tienen su historia.
Evita a las personas agresivas y escandalosas
ellas son una molestia para el espíritu.



No te compares con otros, si lo haces
te convertirás en un vanidoso o en un amargado,
porque siempre existirá alguien mejor
y alguien peor que tu.
Disfruta de tus éxitos así como de tus planes.
Mantente interesado en tu carrera, aunque sea humilde
tu carrera es una posesión real en estos tiempos cambiantes.



Se cauteloso en los negocios
porque el mundo está lleno de trampas,
pero no dejes que esto te ciegue a la virtud que existe,
porque hay personas que luchan por altos ideales
y en todas partes la vida esta llena de heroísmo.
Sé tu mismo. Especialmente no finjas afecto.
Tampoco seas cínico sobre el amor,
porque entre los rostros de la aridez y el desencanto
el amor es perenne como la hierba.



Toma agradablemente el consejo de los años,
renunciando sin amarguras a las cosas de la juventud.
Cultiva fuerza de espíritu
para protegerte de las desgracias repentinas
pero no te angusties con pensamientos negativos
porque muchos miedos nacen del cansancio y la soledad.



Además de practicar una disciplina saludable,
también se benévolo contigo mismo.
Tú eres un hijo del universo
como lo son los árboles y las estrellas;
tienes el derecho de estar aquí.
Y aunque a tu entendimiento este claro o no
nunca dudes que el universo se desarrolla como debe.



Por lo tanto mantente en paz con Dios,
cualquiera que sea la forma en que lo concibas.
Y cualquiera que sean tus obras y aspiraciones
en la ruidosa confusión de la vida
guarda paz en tu alma.
Con toda su maldad, dificultad y sueños rotos
el mundo es aun hermoso.
Sé alegre. Esfuerzate por ser feliz.



Max Ehrmann

viernes, 4 de marzo de 2011

Homenaje a Maria Helena Walsh

EVA

Calle Florida, túnel de flores podridas.
Y el pobrerío se quedo sin madre
llorando entre faroles sin crespones.
Llorando en cueros, para siempre, solos.
Sombríos machos de corbata negra
sufrían rencorosos por decreto
y el órgano por Radio del Estado
hizo durar a Dios un mes o dos.
Buenos Aires de niebla y de silencio.
El Barrio Norte tras las celosías
encargaba a Paris rayos de sol.
La cola interminable para verla
y los que maldecían por si acaso
no vayan esos cabecitas negras
a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.
Y los grasitas con el corazón rajado,
rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
Calles de invierno donde nadie pregona
El Líder, Democracia, La Razón.
Y Antonio Tormo calla "amémonos".

Un vendaval de luto obligatorio.
Escarapelas con coágulos negros.
El siglo nunca vio muerte mas muerte.
Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
visones ofrendados por el pueblo,
sandalias de oro, sedas virreinales,
vacías, arrumbadas en la noche.
Y el odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lagrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados.
Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lagrimas de abajo.
En plena juventud. No somos nada.
No somos nada mas que un gran castigo.
Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre
sin prever tu atroz peregrinaje.
Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron.

Días de julio del 52
¿Qué importa donde estaba yo?

II

No descanses en paz, alza los brazos
no para el día del renunciamiento
sino para juntarte a las mujeres
con tu bandera redentora
lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.
Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
metiste a las mujeres en la historia
de prepo, arrebatando los micrófonos,
repartiendo venganzas y limosnas.
Bruta como un diamante en un chiquero
¿Quién va a tirarte la última piedra?

Quizás un día nos juntemos
para invocar tu insólito coraje.
Todas, las contreras, las idólatras,
las madres incesantes, las rameras,
las que te amaron, las que te maldijeron,
las que obedientes tiran hijos
a la basura de la guerra, todas
las que ahora en el mundo fraternizan
sublevándose contra la aniquilación.
Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
única reina que tuvimos, loca
que arrebató el poder a los soldados.
Cuando juntas las reas y las monjas
y las violadas en los teleteatros
y las que callan pero no consienten
arrebatemos la liberación
para no naufragar en espejitos
ni bañarnos para los ejecutivos.
Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio, hermana.
Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.

María Helena Walsh



viernes, 25 de febrero de 2011

Mi homenaje a Pappo

A 6 años de su cambio de estado.



Impronta cortazariana en Banfield
















En una evocación del recorrido de pocas cuadras desde su casa de la infancia a la estación de Banfield, recordaba Cortázar: Cuando yo iba solo, iba saltando. Es sabido que los niños gustan de imponerse ciertos rituales: saltar con un pie, con los dos pies… Mi laberinto era un camino que yo tenía perfectamente trazado, y que consistía principalmente en cruzar de una vereda a otra a lo largo del camino. En ciertas piedras que me gustaban yo daba el salto y caía sobre esa piedra. Si por casualidad no podía hacerlo o me fallaba el salto, tenía la sensación de que algo andaba mal, de que no había cumplido con el ritual. Varios años viví obsesionado por esa ceremonia, porque era una ceremonia.





Deshoras


     Ya no tenía ninguna razón especial para acordarme de todo eso, y aunque me gustaba escribir por temporadas y algunos amigos aprobaban mis versos o mis relatos, me ocurría preguntarme a veces si esos recuerdos de la infancia merecían ser escritos si no nacían de la ingenua tendencia a creer que las cosas habían sido más de veras cuando las ponía en palabras para fijarlas a mi manera, para tenerlas ahí como las corbatas en el armario o el cuerpo de Felisa por la noche, algo que no se podría vivir de nuevo pero que se hacía más presente como si en el mero recuerdo se abriera paso una tercera dimensión, una casi siempre amarga pero tan deseada contigüidad. Nunca supe bien por qué, pero una y otra vez volvía a cosas que otros habían aprendido a olvidar para no arrastrarse en la vida con tanto tiempo sobre los hombros. Estaba seguro de que entre mis amigos había pocos que recordaran a sus compañeros de infancia como yo recordaba a Doro, aunque cuando escribía sobre Doro no era casi nunca él quien me llevaba a escribir sino otra cosa, algo en que Doro era solamente el pretexto para la imagen de su hermana mayor, la imagen de Sara en aquel entonces en que Doro y yo jugábamos en el patio o dibujábamos en la sala de la casa de Doro.

     Tan inseparables habíamos sido en esos tiempos del sexto grado, de los doce o trece años, que no era capaz de sentirme escribiendo separadamente sobre Doro, aceptarme desde fuera de la página y escribiendo sobre Doro. Verlo era verme simultáneamente como Aníbal con Doro, y no hubiera podido recordar nada de Doro si al mismo tiempo no hubiera sentido que Aníbal estaba también ahí en ese momento, que era Aníbal el que había pateado aquella pelota que rompió un vidrio de la casa de Doro una tarde de verano, el susto y las ganas de esconderse o de negar, la aparición de Sara tratándolos de bandidos y mandándolos a jugar al potrero de la esquina. Y con todo eso venía también Bánfield, claro, porque todo había pasado allí, ni Doro ni Aníbal hubieran podido imaginarse en otro pueblo que en Bánfield donde las casas y los potreros eran entonces más grandes que el mundo.

     Un pueblo, Bánfield, con sus calles de tierra y la estación del Ferrocarril Sud, sus baldíos que en verano hervían de langostas multicolores a la hora de la siesta, y que de noche se agazapaba como temeroso en torno a los pocos faroles de las esquinas, con una que otra pitada de los vigilantes a caballo y el halo vertiginoso de los insectos voladores en torno a cada farol. A tan poca distancia las casas de Doro y de Anibal que la calle era para ellos como un corredor más, algo que seguía manteniéndolos unidos de día o de noche, en el potrero jugando al fútbol en plena siesta o bajo la luz del farol de la esquina mirando cómo los sapos y los escuerzos hacían rueda para comerse a los insectos borrachos de dar vueltas en torno a la luz amarilla. Y el verano, siempre, el verano de las vacaciones, la libertad de los juegos, el tiempo solamente de ellos, para ellos, sin horario ni campana para entrar a clase, el olor del verano en el aire caliente de las tardes y las noches, en las caras sudadas después de ganar o perder o pelearse o correr, de reírse y a veces de llorar pero siempre juntos, siempre libres, dueños de su mundo de barriletes y pelotas y esquinas y veredas.

     De Sara le quedaban pocas imágenes, pero cada una se recortaba como un vitral a la hora del sol más alto, con azules y rojos y verdes penetrando el espacio hasta hacerle daño, a veces Aníbal veía sobre todo su pelo rubio cayéndole sobre los hombros como una caricia que él hubiera querido sentir contra su cara, a veces su piel tan blanca porque Sara no salía casi nunca al sol, absorbida por los trabajos de la casa, la madre enferma y Doro que volvía cada tarde con la ropa sucia, lastimadas las rodillas, las zapatillas embarradas. Nunca supo la edad de Sara en ese entonces, solamente que ya era una señorita, una joven madre de su hermano que se volvía más niño cuando ella le hablaba, cuando le pasaba la mano por la cabeza antes de mandarlo a comprar algo o pedirles a los dos que no gritaran tanto en el patio. Aníbal la saludaba tímido, dándole la mano, y Sara se la apretaba amablemente, casi sin mirarlo pero aceptándolo como esa otra mitad de Doro que casi diariamente venía a la casa para leer o jugar. A las cinco los llamaba para darles café con leche y bizcochos, siempre en la mesita del patio o en la sala sombría; Aníbal sólo había visto dos o tres veces a la madre de Doro, dulcemente desde su sillón de ruedas les decía su hola chicos, su tengan cuidado con los autos, aunque había tan pocos autos en Bánfield y ellos sonreían seguros de sus esquives en la calle, de su invulnerabilidad de jugadores de fútbol y corredores. Doro no hablaba nunca de su madre, casi siempre en la cama o escuchando radio en el salón, la casa era el patio y Sara, a veces algún tío de visita que les preguntaba lo que habían estudiado en la escuela y les regalaba cincuenta centavos. Y para Aníbal siempre era verano, de los inviernos no tenía casi recuerdos, su casa se volvía un encierro gris y neblinoso donde sólo los libros contaban, la familia en sus cosas y las cosas fijas en sus huecos, las gallinas que él tenía que cuidar, las enfermedades con largas dietas y té y solamente a veces Doro, porque a Doro no le gustaba quedarse mucho en una casa donde no los dejaban jugar como en la suya.

      Fue a lo largo de una bronquitis de quince días que Aníbal empezó a sentir la ausencia de Sara, cuando Doro venía a visitarlo le preguntaba por ella y Doro le contestaba distraído que estaba bien, lo único que le interesaba era si esa semana iban a poder jugar de nuevo en la calle. Aníbal hubiera querido saber más de Sara pero no se animaba a preguntar mucho, a Doro le hubiera parecido estúpido que se preocupara por alguien que no jugaba como ellos, que estaba tan lejos de todo lo que ellos hacían y pensaban. Cuando pudo volver a la casa de Doro, todavía un poco débil, Sara le dio la mano y le preguntó cómo andaba, no tenía que jugar a la pelota para no cansarse, mejor que dibujaran o leyeran en la sala; su voz era grave, hablaba como siempre le hablaba a Doro, afectuosamente pero lejos, la hermana mayor atenta y casi severa. Antes de dormirse esa noche, Aníbal sintió que algo le subía a los ojos, que la almohada se le volvía Sara, una necesidad de apretarla en los brazos y llorar con la cara pegada a Sara, al pelo de Sara, queriendo que ella estuviera ahí y le trajera los remedios y mirara el termómetro sentada a los pies de la cama. Cuando su madre vino por la mañana para frotarle el pecho con algo que olía a alcohol y a mentol, Aníbal cerró los ojos y fue la mano de Sara alzándole el camisón, acariciándolo livianamente, curándolo.

      Era de nuevo el verano, el patio de la casa de Doro, las vacaciones con novelas y figuritas, con la filatelia y la colección de jugadores de fútbol que pegaban en un álbum. Esa tarde hablaban de pantalones largos, ya no faltaba mucho para ponérselos, quién iba a entrar en la secundaria con pantalones cortos. Sara los llamó para el café con leche y a Aníbal le pareció que había escuchado lo que decían y que en su boca había como un resto de sonrisa, a lo mejor se divertía oyéndolos hablar de esas cosas y se burlaba un poco. Doro le había dicho que ya tenía novio, un señor grande que la visitaba los sábados pero que él no había visto todavía. Aníbal lo imaginaba como alguien que le traía bombones a Sara y hablaba con ella en la sala, igual que el novio de su prima Lola, en pocos días se había curado de la bronquitis y ya podía jugar de nuevo en el potrero con Doro y los otros amigos. Pero de noche era triste y a la vez tan hermoso, solo en su cuarto antes de dormirse se decía que Sara no estaba ahí, que nunca entraría a verlo ni sano ni enfermo, justo a esa hora en que él la sentía tan cerca, la miraba con los ojos cerrados sin que la voz de Doro o los gritos de los otros chicos se mezclaran con esa presencia de Sara sola ahí para él, junto a él, y el llanto volvía como un deseo de entrega, de ser Doro en las manos de Sara, de que el pelo de Sara le rozara la frente y su voz le dijera buenas noches, que Sara le subiera la sábana antes de irse.

     Se animó a preguntarle a Doro como de paso quién lo cuidaba cuando estaba enfermo, porque Doro había tenido una infección intestinal y había pasado cinco días en la cama. Se lo preguntó como si fuera natural que Doro le dijera que su madre lo había atendido, sabiendo que no podía ser y que entonces Sara, los remedios y las otras cosas. Doro le contestó que su hermana le hacía todo, cambió de tema y se puso a hablar de cine. Pero Aníbal quería saber más, si Sara lo había cuidado desde que era chico, y claro que lo había cuidado porque su mamá llevaba ocho años casi inválida y Sara se ocupaba de los dos. Pero entonces, ¿ella te bañaba cuando eras chico? Seguro, ¿por qué me preguntás esas pavadas? Por nada, por saber nomás, debe ser tan raro tener una hermana grande que te baña. No tiene nada de raro, che. ¿Y cuando te enfermabas de chico ella te cuidaba y te hacía todo? Sí, claro. ¿Y a vos no te daba vergüenza que tu hermana te viera y te híciera todo? No, qué vergüenza me iba a dar, yo era chico entonces. ¿Y ahora? Bueno, ahora igual, por qué me va a dar vergüenza cuando estoy enfermo.

      Por qué, claro. A la hora en que cerrando los ojos imaginaba a Sara entrando de noche en su cuarto, acercándose a su cama, era como un deseo de que ella le preguntara cómo estaba, le pusiera la mano en la frente y después bajara las sábanas para verle la lastimadura en la pantorrilla, le cambiara la venda tratándolo de tonto por haberse cortado con un vidrio. La sentía levantándole el camisón y mirándolo desnudo, tocándole el vientre para ver si estaba inflamado, tapándolo de nuevo para que se durmiera. Abrazado a la almohada se sentía de pronto tan solo, y cuando abría los ojos en el cuarto ya vacío de Sara era como una marea de congoja y de delicia porque nadie, nadie podía saber de su amor, ni siquiera Sara, nadie podía comprender esa pena y ese deseo de morir por Sara, de salvarla de un tigre o de un incendio y morir por ella, y que ella se lo agradeciera y lo besara llorando. Y cuando sus manos bajaban y empezaba a acariciarse como Doro, como todos los chicos, Sara no entraba en sus imágenes, era la hija del almacenero o la prima Yolanda, eso no podía suceder con Sara que venía a cuidarlo de noche como lo cuidaba a Doro, con ella no había más que esa delicia de imaginarla inclinándose sobre él y acariciándolo y el amor era eso, aunque Aníbal ya supiera lo que podía ser el amor y se lo imaginara con Yolanda, todo lo que él le haría alguna vez a Yolanda o a la chica del almacenero.

     El día del zanjón fue casi al final del verano, después de jugar en el potrero se habían separado de la barra y por un camino que solamente ellos conocían y que llamaban el camino de Sandokan se perdieron en la maleza espinosa donde una vez habían encontrado un perro ahorcado en un árbol y habían huido de puro susto. Arañándose las manos se abrieron paso hasta lo más tupido, hundiendo la cara en el ramaje colgante de los sauces hasta llegar al borde del zanjón de aguas turbias donde siempre habían esperado pescar mojarritas y nunca habían sacado nada. Les gustaba sentarse al borde y fumar los cigarrillos que Doro hacía con chala de maíz, hablando de las novelas de Salgari y planeando viajes y cosas. Pero ese día no tuvieron suerte, a Aníbal se le enganchó un zapato en una raíz y se fue para adelante, se agarró de Doro y los dos resbalaron en el talud del zanjón y se hundieron hasta la cintura, no había peligro pero fue como si, manotearon desesperados hasta sujetarse de la ramazón de un sauce, se arrastraron trepando y puteando hasta lo alto, el barro se les había metido por todas partes, les chorreaba dentro de las camisas y los pantalones y olía a podrido, a rata muerta.

      Volvieron casi sin hablar y se metieron por el fondo del jardín en la casa de Doro, esperando que no hubiera nadie en el patio y pudieran lavarse a escondidas. Sara colgaba ropa cerca del gallinero y los vio venir, Doro como con miedo y Aníbal detrás, muerto de vergüenza y queriendo de veras morirse, estar a mil leguas de Sara en ese momento en que ella los miraba apretando los labios, en un silencio que los clavaba ridículos y confundidos bajo el sol del patio.

-Era lo único que faltaba -dijo solamente Sara, dirigiéndose a Doro pero tan para Aníbal balbuceando las primeras palabras de una confesión, era culpa suya, se le había enganchado un zapato y entonces, Doro no tuvo la culpa de que, lo que había pasado era que todo estaba tan refaloso.

-Vayan a bañarse ahora mismo -dijo Sara como si no lo hubiera oído-. Sáquense los zapatos antes de entrar y después se lavan la ropa en la pileta del gallinero.

      En el baño se miraron y Doro fue el primero en reírse pero era una risa sin convicción, se desnudaron y abrieron la ducha, bajo el agua podían empezar a reírse de veras, a pelearse por el jabón, a mirarse de arriba abajo y a hacerse cosquillas. Un río de barro corría hasta el desagüe y se diluía poco a poco, el jabón empezaba a dar espuma, se divertían tanto que en el primer momento no se dieron cuenta de que la puerta se había abierto y que Sara estaba ahí mirándolos, acercándose a Doro para sacarle el jabón de la mano y frotárselo en la espalda todavía embarrada. Aníbal no supo qué hacer, parado en la bañadera se puso las manos en la barriga, después se dio vuelta de golpe para que Sara no lo viera y fue todavía peor, de tres cuartos y con el agua corriéndole por la cara, cambiando de lado y otra vez de espaldas, hasta que Sara le alcanzó el jabón con un lavate mejor las orejas, tenés barro por todas partes.

     Esa noche no pudo ver a Sara como las otras noches, aunque apretaba los párpados lo único que veía era a Doro y a él en la bañadera, a Sara acercándose para inspeccionarlos de arriba abajo y después saliendo del baño con la ropa sucia en los brazos, generosamente yendo ella misma a la pileta para lavarles las cosas y gritándoles que se envolvieran en las toallas de baño hasta que todo estuviera seco, dándoles el café con leche sin decir nada, ni enojada ni amable, instalando la tabla de planchar bajo las glicinas y poco a poco secando los pantalones y las camisas. Cómo no había podido decirle algo al final cuando los mandó a vestirse, decirle solamente gracias, Sara, qué buena es, gracias de veras, Sara. No había podido decir ni eso y Doro tampoco, habían ido a vestirse callados y después la filatelia y las figuritas de aviones sin que Sara apareciera de nuevo, siempre cuidando a su madre al anochecer, preparando la cena y a veces tarareando un tango entre el ruido de los platos y las cacerolas, ausente como ahora bajo los párpados que ya no le servían para hacerla venir, para que supiera cuánto la quería, qué ganas de morirse de veras después de haberla visto mirándolos en la ducha.

      Debió ser en las últimas vacaciones antes de entrar en el colegio nacional, sin Doro porque Doro iría a la escuela normal, pero los dos se habían prometido seguir viéndose todos los días aunque fueran a escuelas diferentes, qué importaba si por la tarde seguirían jugando como siempre, sin saber que no, que algún día de febrero o marzo jugarían por última vez en el patio de la casa de Doro porque la familia de Aníbal se mudaba a Buenos Aires y solamente podrían verse los fines de semana, amargos de rabia por un cambio que no querían admitir, por una separación que los grandes les imponían como tantas cosas, sin preocuparse por ellos, sin consultarlos.

      Todo de golpe iba rápido, cambiaba como ellos con los primeros pantalones largos, cuando Doro le dijo que Sara se iba a casar a principios de marzo, se lo dijo como algo sin importancia y Aníbal ni siquiera hizo un comentario, pasaron días antes de que se animara a preguntarle a Doro si Sara iba a seguir viviendo con él después de casada, pero sos idiota vos, cómo se van a quedar aquí, el tipo tiene mucha guita y se la va a llevar a Buenos Aires, tiene otra casa en Tandil y yo me voy a quedar con mi mamá y tía Faustina que la va a cuidar.

      Ese sábado último de las vacaciones vio llegar al novio en su auto, lo vio de azul y gordo, con lentes, bajándose del auto con un paquetito de masas y un ramo de azucenas. En su casa lo llamaban para que empezara a embalar sus cosas, la mudanza era el lunes y todavía no había hecho nada. Hubiera querido ir a la casa de Doro sin saber por qué, estar solamente ahí, pero su madre lo obligó a empaquetar sus libros, el globo terráqueo, las colecciones de bichos. Le habían dicho que tendría una pieza grande para él solo con vista a la calle, le habían dicho que podría ir al colegio a pie. Todo era nuevo, todo iba a empezar de otra manera, todo giraba lentamente, y ahora Sara estaría sentada en la sala con el gordo del traje azul, tomando el té con las masas que él había traído, tan lejos del patio, tan lejos de Doro y él, sin nunca más llamarlos para el café con leche debajo de las glicinas.

     El primer fin de semana en Buenos Aires (era cierto, tenía una pieza grande para él solo, el barrio estaba lleno de negocios, había un cine a dos cuadras), tomó el tren y volvió a Bánfield para ver a Doro. Conoció a la tía Faustina, que no les dio nada cuando terminaron de jugar en el patio, se fueron a caminar por el barrio y Aníbal tardó un rato en preguntarle por Sara. Bueno, se había casado por civil y ya estaban en la casa de Tandil para la luna de miel, Sara iba a venir cada quince días a ver a su madre. ¿Y no la extrañás? Sí, pero qué querés. Claro, ahora está casada. Doro se distraía, empezaba a cambiar de tema y Aníbal no encontraba la manera de que siguiera hablándole de Sara, a lo mejor pidiéndole que le contara el casamiento y Doro riéndose, yo qué sé, habrá sido como siempre, del civil se fueron al hotel y entonces vino la noche de bodas, se acostaron y entonces el tipo. Aníbal escuchaba mirando las verjas y los balcones, no quería que Doro le viera la cara y Doro se daba cuenta, seguro que vos no sabés lo que pasa la noche de bodas. No jodas, claro que sé. Lo sabés pero la primera vez es diferente, a mí me contó Ramírez, a él se lo dijo el hermano que es abogado y se casó el año pasado, le explicó todo. Había un banco vacío en la plaza, Doro había comprado cigarrillos y le seguía contando y fumando, Aníbal asentía, tragaba el humo que empezaba a marearlo, no necesitaba cerrar los ojos para ver contra el fondo del follaje el cuerpo de Sara que nunca había imaginado como un cuerpo, ver la noche de bodas desde las palabras del hermano de Ramírez, desde la voz de Doro que le seguía contando.

     Ese día no se animó a pedirle la dirección de Sara en Buenos Aires, lo dejó para otra visita porque tenía miedo de Doro en ese momento, pero la otra visita no llegó nunca, el colegio empezó y los nuevos amigos, Buenos Aires se tragó poco a poco a Aníbal cargado de libros de matemáticas y tantos cines en el centro y la cancha de River y los primeros paseos de noche con Beto, que era un porteño de veras. También a Doro le estaría pasando lo mismo en La Plata, cada tanto Aníbal pensaba en mandarle unas líneas porque Doro no tenía teléfono, después venía Beto o había que preparar algún trabajo práctico, fueron meses, el primer año, vacaciones en Saladillo, de Sara no iba quedando más que alguna imagen aislada, una ráfaga de Sara cuando algo en María o en Felisa le recordaba por un momento a Sara. Un día del segundo año la vio nítidamente al salir de un sueño y le dolió con un dolor amargo y quemante, al fin y al cabo no había estado tan enamorado de ella, total antes era un chico y Sara nunca le había prestado atención como ahora Felisa o la rubia de la farmacia, nunca había ido a un baile con él como su prima Beba o Felisa para festejar la entrada a cuarto año, nunca lo había dejado acariciarle el pelo como María, ir a bailar a San Isidro y perderse a medianoche entre los árboles de la costa, besar a Felisa en la boca entre protestas y risas, apoyarla contra un tronco y acariciarle el pecho, bajar hasta perder la mano en ese calor huyente y después de otro baile y mucho cine encontrar un refugio en el fondo del jardín de Felisa y resbalar con ella hasta el suelo, sentir en la boca su sabor salado y dejarse buscar por una mano que lo guió, por supuesto no le iba a decir que era la primera vez, que había tenido miedo, ya estaba en primer año de ingeniería y no le podía decir eso a Felisa y después ya no hizo falta porque todo se aprendía tan rápido con Felisa y algunas veces con su prima Beba.

     Nunca más supo de Doro y no le importó, también se había olvidado de Beto que enseñaba historia en algún pueblo de provincia, los juegos se habían ido dando sin sorpresa y como a todo el mundo, Aníbal aceptaba sin aceptar, algo que debía ser la vida aceptaba por él, un diploma, una hepatitis grave, un viaje al Brasil, un proyecto importante en un estudio con dos o tres socios. Estaba despidiéndose de uno de ellos en la puerta antes de ir a tomar una cerveza después del trabajo cuando vio venir a Sara por la vereda de enfrente. Bruscamente recordó que la noche antes había soñado con Sara y que era siempre el patio de la casa de Doro aunque no pasaba nada, aunque Sara solamente estaba ahí colgando ropa o llamándolos para el café con leche, y el sueño se acababa así casi sin haber empezado. Tal vez porque no pasaba nada las imágenes eran de una precisión cortante bajo el sol del verano de Bánfield que en el sueño no era el mismo que el de Buenos Aires; tal vez también por eso o por falta de algo mejor había rememorado a Sara después de tantos años de olvido (pero no había sido olvido, se lo repitió hoscamente a lo largo del día), y verla venir ahora por la calle, verla ahí vestida de blanco, idéntica a entonces con el pelo azotándole los hombros a cada paso en un juego de luces doradas, encadenándose a las imágenes del sueño en una continuidad que no le extrañó, que tenía algo de necesario y previsible, cruzar la calle y enfrentarla, decirle quién era y que ella lo mirara sorprendida, no lo reconociera y de golpe sí, de golpe sonriera y le tendiera la mano, se la apretara de veras y siguiera sonriéndole.

-Qué increíble -dijo Sara-. Cómo te iba a reconocer después de tantos años.
-Usted sí, claro -dijo Aníbal-. Pero ya ve, yo la reconocí enseguida.
-Lógico -dijo lógicamente Sara-. Si ni siquiera te habías puesto pantalones largos. Yo tambíén habré cambiado tanto, lo que pasa es que sos mejor fisonomista.
Dudó un segundo antes de comprender que era idiota seguir tratándola de usted.
-No, no has cambiado, ni siquiera el peinado. Sos la misma.
-Fisonomista pero un poco miope -dijo ella con la antigua vaz donde la bondad y 1a burla se enredaban.

     El sol les daba en la cara, no se podía hablar entre el tráfico y la gente. Sara dijo que no tenía apuro y que le gustaría tomar algo en un café. Fumaron el primer cigarrillo, el de las preguntas generales y los rodeos, Doro era maestro en Adrogué, la mamá se había muerto como un pajarito mientras leía el diario, él estaba asociado con otros muchachos ingenieros, les iba bien aunque la crisis, claro. En el segundo cigarrillo Aníbal dejó caer la pregunta que le quemaba los labios.

-¿Y tu marido?
Sara dejó salir el humo por la nariz, lo miró despacio en los ojos.
-Bebe -dijo.

     No había ni amargura ni lástima, era una simple información y después otra vez Sara en Bánfield antes de todo eso, antes de la distancia y el olvido y el sueño de la noche anterior, exactamente como en el patio de la casa de Doro y aceptándole el segundo whisky, como siempre casi sin hablar, dejándolo a él que siguiera, que le contara porque él tenía mucho más para contarle, los años habían estado tan llenos de cosas para él, ella era como si no hubiese vivido mucho y no valía la pena decir por qué. Tal vez porque acababa de decirlo con una sola palabra.

     Imposible saber en qué momento todo dejó de ser difícil, juego de preguntas y respuestas, Aníbal había tendido la mano sobre el mantel y la mano de Sara no rehuyó su peso, la dejó estar mientras él agachaba la cabeza porque no podía mirarla en la cara, mientras le hablaba a borbotones del patio, de Doro, le contaba las noches en su cuarto, el termómetro, el llanto contra la almohada. Se lo decía con una voz lisa y monótona, amontonando momentos y episodios pero todo era lo mismo, me enamoré tanto de vos, me enamoré tanto y no te lo podía decir, vos venías de noche y me cuidabas, vos eras la mamá joven que yo no tenía, vos me tomabas la temperatura y me acariciabas para que me durmiera, vos nos dabas el café con leche en el patio, te acordás, vos nos retabas cuando hacíamos pavadas, yo hubiera querido que me hablaras solamente a mí de tantas cosas pero vos me mirabas desde tan arriba, me sonreías desde tan lejos, había un inmenso vidrio entre los dos y vos no podías hacer nada para romperlo, por eso de noche yo te llamaba y vos venías a cuidarme, a estar conmigo, a quererme como yo te quería, acariciándome la cabeza, haciéndome lo que le hacías a Doro, todo lo que siempre le habías hecho a Doro, pero yo no era Doro y solamente una vez, Sara, solamente una vez y fue horrible y no me olvidaré nunca porque hubiera querido morirme y no pude o no supe, claro que no quería morirme pero eso era el amor, querer morirme porque vos me habías mirado todo entero como a un chico, habías entrado en el baño y me habías mirado a mí que te quería, y me habías mirado como siempre lo habías mirado a Doro, vos ya de novia, vos que ibas a casarte y yo ahí mientras me dabas el jabón y me mandabas que me lavara hasta las orejas, me mirabas desnudo como a un chico que era y no te importaba nada de mí, ni siquiera me veías porque solamente veías a un chico y te ibas como si nunca me hubieras visto, como si yo no estuviera ahí sin saber cómo ponerme mientras me estabas mirando.
-Me acuerdo muy bien -dijo Sara-. Me acuerdo tan bien como vos, Aníbal.

-Sí, pero no es lo mismo.
-Quién sabe si no es lo mismo. Vos no podías darte cuenta entonces, pero yo había sentido que me querías de esa manera y que te hacía sufrir, y por eso yo tenía que tratarte igual que a Doro. Eras un chico pero a veces me daba tanta pena que fueras un chico, me parecía injusto, algo así. Si hubieras tenido cinco años más... Te lo voy a decir porque ahora puedo y porque es justo, aquella tarde entré a propósito en el baño, no tenía ninguna necesidad de ir a ver si se estaban lavando, entré porque era una manera de acabar con eso, de curarte de tu sueño, de que te dieras cuenta que vos no podrías verme nunca así mientras que yo tenía el derecho de mirarte por todos lados como se mira a un chico. Por eso, Aníbal, para que te curaras de una vez y dejaras de mirarme como me mirabas pensando que yo no lo sabía. Y ahora sí otro whisky, ahora que los dos somos grandes.

     Del anochecer a la noche cerrada, por caminos de palabras que iban y venían, de manos que se encontraban un instante sobre el mantel antes de una risa y otros cigarrillos, quedaría un viaje en taxi, algún lugar que ella o él conocían, una habitación, todo como fundido en una sola imagen instantánea resolviéndose en una blancura de sábanas y la casi inmediata, furiosa convulsión de los cuerpos en un interminable encuentro, en las pausas rotas y rehechas y violadas y cada vez menos creíbles, en cada nueva implosión que los segaba y los sumía y los quemaba hasta el sopor, hasta la última brasa de los cigarrillos del alba. Cuando apagué la lámpara del escritorio y miré el fondo del vaso vacío, todo era todavía pura negación de las nueve de la noche, de la fatiga a la vuelta de otro día de trabajo. ¿Para qué seguir escribiendo si las palabras llevaban ya una hora resbalando sobre esa negación, tendiéndose en el papel como lo que eran, meros dibujos privados de todo sostén? Hasta algún momento habían corrido cabalgando la realidad, llenándose de sol y verano, palabras patio de Bánfield, palabras Doro y juegos y zanjón, colmena rumorosa de una memoria fiel. Sólo que al llegar a un tiempo que ya no era Sara ni Bánfield el recuento se había vuelto cotidiano, presente utilitario sin recuerdos ni sueños, la pura vida sin más y sin menos. Había querido seguir y que también las palabras aceptaran seguir adelante hasta llegar al hoy nuestro de cada día, a cualquiera de las lentas jornadas en el estudio de ingeniería, pero entonces me había acordado del sueño de la noche anterior, de ese sueño de nuevo con Sara, de la vuelta de Sara desde tan lejos y atrás, y no había podido quedarme en este presente en el que una vez más saldría por la tarde del estudio y me iría a beber una cerveza al café de la esquina, las palabras habían vuelto a llenarse de vida y aunque mentían, aunque nada era cierto, había seguido escribiéndolas porque nombraban a Sara, a Sara viniendo por la calle, tan hermoso seguir adelante aunque fuera absurdo, escribir que había cruzado la calle con las palabras que me llevarían a encontrar a Sara y dejarme conocer, la única manera de reunirme por fin con ella y decirle la verdad, llegar hasta su mano y besarla, escuchar su voz y verle el pelo azotándole los hombros, irme con ella hacia una noche que las palabras irían llenando de sábanas y caricias, pero cómo seguir ya, cómo empezar desde esa noche una vida con Sara cuando ahí al lado se oía la voz de Felisa que entraba con los chicos y venía a decirme que la cena estaba pronta, que fuéramos enseguida a comer porque ya era tarde y los chicos querían ver al pato Donald en la televisión de las diez y veinte. 

jueves, 24 de febrero de 2011

Del debute chamuyar canero - Rantifusa



Esta palabrita RANTIFUSA tiene su historia, su arbol genealógico diríamos, como los seres humanos, solo que los hombres hacen alarde de su árbol genealógico para darse corte y demostrar que uno no es lo que es sino que es algo más de lo que es, gracias a un
antecesor, que todos tenemos o inventamos, que perteneció a la realeza o de no ser posible, que tuvo sus buena posición económica, perdida en los avatares de la vida.
 
Porque, ustedes piensen, ¿ qué sería de un hombre sin arbol genealógico? Sería como haber nacido verdaderamente de un zapallo, ¿y quién se resigna a haber nacido de un zapallo? Yo al menos, no, ¿y usted?
 
Pero a esta altura advierto que estoy divagando y por lo tanto vuelvo a la geneología de RANTIFUSA o RANTIFUSO. Pero la dejo para el próximo bloque.
Vamos a darle descanso a la sesera para que vaya asimilando de a poco esta transformación y no le salten los tapones en el camino.
 
Pero para ello comenzaremos leyendo un poema clásico dentro de la literatura lunfarda, producto del talento de Celedonio Flores, titulado "Musa rea" en el que confiesa tener "un alma rantifusa bajo su pinta de bacán", que muestra como blasón, sin verguenzas y con orgullo.
 
No tengo el berretin de ser un bardo
chamuyador letrao ni de espamento;
yo escribo, humildemente lo que siento
y pa escribir mejor lo hago en lunfardo.
 
Yo no le canto al perfumado nardo
ni al costelao azul del firmamento
yo busco en el suburbio el sentimiento.
¡Pa cantarle a una flor, le canto al cardo!
 
Y porque embroco la emoción que emana
del suburbio tristón, de la bacana,
del tango candombero y cadencioso.
 
Surge a torrentes mi mistonga musa:
es que yo tengo un alma RANTIFUSA
bajo esta pinta de bacán lustroso.

BLOQUE 2
 
Esta palabra RANTIFUSA viene a ser casi un nieto de ATORRANTE, que resultaría ser el Adán y Eva de la cosa.
 
De "Atorrante" deviene "rante", que sería "aféresis" de "Atorrante" ¿Y qué es un aféresis?. Un aféresis es la supresión de un vocablo, o sea a "Atorrante" le piantamos el "Ato" inicial y nos queda el RANTE que viene a ser lo mismo que ATORRANTE pero simplificado.
 
Para seguir con otros ejemplos de aféresis en el lunfardo recordamos en estos momentos, "tungo" aféresis de "matungo" y uno de los más conocidos y que nosotros transladamos a toda la grey itálica, "tano" que es un aféresis de "napolitano".
 
Un caso de aférisis si se quiere elegante o discreto, es aquel que supimos utilizar en tiempos en que nos cuidábamos de decir obsenidades delante de los mayores "Tá que lo tiró" Al "ta" le habíamos quitado la "pu"y al parió lo suprimimos por el "tiró" y nos quedaba una forma educada de insultar.
 
En este caso la madre salía ilesa, cosa muy importante, porque en último caso, o en primer caso, la madre es la madre, o sea traducido al más puro lenguaje lunfardo "la vieja es la vieja" y no me la toques, así yo la maltrate y le falte al respeto.
 
Un buen tanguero tiene que empezar por respetar a la "santa madrecita" en primer lugar, y en segundo lugar a la hermana, porque ¿a vos te gusta que te toquen a tu hermana? ¡¡¡NO!!! 

BLOQUE 3
 
El poema de Celedonio nos permitió dar un ejemplo de RANTIFUSA, femenino, y en este soneto titulado "Malevo" de Carlos Alberti aparece el masculino, RANTIFUSO, en este caso se refiere a un jetra RANTIFUSO, traje atorrante
 
Apenas por la luz iluminado
de un farol que se quiebra de cachuso,
un malevo en la esquina está parado
enfundado en su jetra RANTIFUSO.
 
Pinta brava de guapo retobado
que con la faca su valor impuso,
la chamuya de vesre y es malvado
con la nami que guita no le puso.
 
La luna que lo mira, silenciosa,
lo enmarca en la calleja tenebrosa
en un aro de pálido cristal.
 
Y al mirarlo, en la esquina dibujado,
el malevo parece recortado
por el filo invisible de un puñal.

BLOQUE 4
 
Habíamos llegado a detectar que "rante" es hijo de "atorrante".
Ahora la cosa se complica con una palabrita "paragoge" que viene a ser "la adición de algún sonido al final de un vocablo", en este caso el "rante" se transforma en RANTIFUSO o RANTIFUSA según sea masculino o femenino, de ahí que sostengamos que RANTIFUSO es el nieto directo de "Atorrante" sin necesidad de análisis de sangre.
 
Por supuesto que el inventor de estas metamorfosis no sabía ni un cuerno del significado de "aféresis" ni de "paragoge" pero sí lo es para los intelectuales, incapaces de inventar vocablos, pero si capaces gramaticalmente de hacer dificil lo que es sencillo.
 
Estas son las maquinaciones que utilizaba nuestro profesor de castellano para ponernos un huevo.
 
BLOQUE 5
 
Julián Centeya confiesa ser un ATORRANTE en mas de uno de sus poemas, desde aquel "Mi viejo" que supimos leer en una audición anterior donde se confiesa. "minga como yo: un ATORRANTE que la va se sover y se hace el raro" hasta "La musa mistonga" en el que utiliza dos de las acepciones que hoy nos preocupan. RANTE y ATORRANTE", hijo y padre, como vimos.
 
Yo canto en lunfa mi tristeza de hombre
y ando en la vida con mi musa RANTE.
Ella es así, maleva, yo ATORRANTE,
camina a mi costao y tiene un nombre.
 
Nació conmigo alá en Boedo y Chiclana
y se hizo mansa en juego de palmera.
Nunca una bronca, siempre cadenera,
vivo con ella muy de la banana.
 
Me fue como me fue y a ella lo mismo,
una vez al altiyo, otra al abismo,
conforme con lo que es, nunca rezonga.
 
Fratela con mi suerte la cinchamos.
¡Pasaos de media raya la llevamos!
Sos mi nami mejor. Musa Mistonga.
 
 
RANTE el tango, RANTES los autores, RANTE la cancionista: "Apología tanguera" y por extensión, RANTE el que le leerá parte de los versos del RANTE Enrique Cadícamo:
 
Tango RANTE que tenés
el alma de un cachetazo
que vas llevando un hachazo
en la frente y lo escondés.
 
De la cabeza a los pies,
vestido de luto entero
sos un símbolo canero
que va taconeando fuerte,
sos la diosa y sos la muerte
vestida de milonguero.
 
Sos entre el camandulaje
un cacho de mala suerte,
sos el barbijo de muerte
que rubrica el sabalaje.
Sos el alma del chusmaje
metido en un bandoneón.
Sos la furca y la traición
el piropo y el chamuyo
y sos como flor de yuyo
que perfuma el corazón.
 
 
Sos el lamento tristón
que amarrocando sentidos,
te metés por los oidos
y escarbás el corazón.
Sos el requiem compadrón
el que gimió allá en Paris
con tu canyengue ¿me oís?
Fuistes el fiero remache
que hizo temblar al apache
y llorar a las Mimís...
 
Tango lindo que se estira
en la bandola ATORRANTE
y que sale agonizante
mientras se baila y se aspira.
Tango, sos como una tira
de prepotencia y de mal,
sos lágrima y delantal,
sos velorio y cocaina,
y sos tristeza de mina
que se clava en un puñal.

BLOQUE 6
 
Y ya estamos ante el nieto recién nacido y desnudito. Ya estamos ante RANTIFUSA. Ahora queremos saber exactamente o por lo menos aproximadamente que significa RANTIFUSA y RANTIFUSO
RANTIFUSA es una mina ranta, atorranta, "ociosa y despatarrada", dice Chiapara y continua con su definición: "tanto molesta como alegra por lo contradictoria; está para cualquier cosa, incomunicada o alejada del sentir que corresponde", medio en joda, medio en serio, Chiapara la define así como les cuento.
 
En cambio Gobello, más modocito él, a la pobre "rantifusa" ni la nombra en su "Nuevo diccionario lunfardo y para definir RANTIFUSO, nos deriva y nos manda consultar la palabra "Atorrar" y nos deja con las ganas porque allí se despacha con una serie de elucubraciones sobre "atorrar" antes de llegar a RANTIFUSO que define como: de baja condición- por cruce con "esquifuso" que resultaría ser un "asqueroso, repugnante"
Y todo eso para demostra una vez mas el origen italiano meridional de la palabra.
 
Carlos de la Pua dice que RANTIFUSO, RANTIFUSA es una forma despectiva de ATORRANTE o de RANTE y ¡San Seacabó!
 
Y para ejemplo, nos atrevemos con una cuarteta del poema "Endecha cafisiosa" de Julio Silva.
 
!Quién te viera tan fulera, RANTIFUSA y desgreñada,
con pavuras de aprendiza para anclar en mi bulín,
espiantada de quien sabe que covacha de la Olada,
al principio de una biaba o al final de un berretín.
 
Nada más RANTIFUSO que un conventillo, allí el proletariado convivía a principios de siglo en una melange de idiomas, religiones y nacionalidades que iban forjando un país, un idioma, una música
 
Y aunque se naciera en él o se llegara por decadencia financiera, el conventillo era un blason RANTE al que no se renunciaba, tal como lo hace Felipe Fernandez, "Yacaré" en su soneto "Batiendo el justo y del que solo leeremos los dos últimos tercetos.
 
Mi cuna, mi laburo y mi apellido
baten el justo de un pasao florido
que ni Anchorena con su vento emparda...
 
Pero arruinao la tallo de potrillo,
cantando al RANTIFUSO conventillo...
!Hay que salvar compadre la busarda!

BLOQUE 7
 
Pero no todos eran como los vecinos de La Boca, que aunque hayan pelechado, siguen fieles a su barrio RANTE, algunos, sobre todo "algunas", soñaron con ser bacanas y "pasar con los otarios una vida a la dernier", por lo menos es lo que dice Carlos de la Púa de "La engrupida"
 
Bate cana el requinteo de esa piba RANTIFUSA
que al amuro de la tarde vuelve estufa del taller,
que su sueño es ser bacana, ser diquera papirusa
y pasar con los otarios una davi a la dernier.
 
BLOQUE 8
 
Y ahora, ya que nos queda tiempo, cumpliremos con Luis de Saavedra que nos pidió el significado de "Stagiario"
 
Primero diremos que no se suele encontrar en los diccionarios lunfardos pues practicamente es una palabra que se utilizaba en medicina y es con la que se designaba al alumno que cursaba las últimas meterias y ya era practicante.
 
No son muchas las palabras lunfardas utilizadas en medicina, una de ellas es CODIME o CODEMI que es médico al vesre. PELETERO palabra con que denomina al médico de piel, MATASANO término con el que se solía denominar al médico, o la otra forma resvica que es TORDO por doctor. Y por supuesto debe haber otras que en estos momentos no recuerdo pero que algún oyente me puede ayudar
 
El autor uruguayo Martín Lasala Alvarez escribió un tango al que tituló "El estagiario" y que grabara Carlos Di Sarli en una versión instrumental del 18 de abril de 1941 y que supo tener una letra un tanto clandestina que decía:

Celia Molina se envenenó
con una "prise" que él le brindó
pero a Isolina no le hizo nada
de cocaina ya está pasada.
 
BLOQUE 9
 
¿Pa vos es una blasfemia
que yo afile versos RANTES?
Seguí vos con tu academia
yo me junto con Cervantes.